El sueño interrumpido

Tuve la oportunidad, invitado por un buen amigo, de compartir en un conversatorio con jóvenes de tercero y cuarto medio de un colegio en La Cisterna. El tema era reflexionar en torno al 11 de septiembre de 1973, el valor de la democracia y los caminos para encontrar la tan ansiada reconciliación en Chile. Junto a mí se encontraba un dirigente político histórico que vivió en primera persona la época de la UP, la dictadura, el exilio, el retorno y nuestra transición a la democracia.

Una de las primeras impresiones que me quedó de este encuentro es lo difícil que es aproximarse desde la observación externa, pero comprometida, al proceso de la UP. Muchas horas de estudio y conversación, películas y documentos permiten construir una perspectiva, pero no dan cuenta del estado de ánimo, del entusiasmo genuino, de la ilusión de que esta vez las cosas sí cambiarían, del cariño del pueblo hacia su Presidente, y de la inmensa responsabilidad política de quienes sentían sobre sus hombros el deber de construir la historia, a través del socialismo a la chilena que propuso Allende. Hay miles de páginas escritas sobre el devenir político de la época que no han dejado escuchar las voces de los campesinos que recibieron las tierras que trabajaron por décadas, de las madres que vieron con esperanza como con medio litro de leche al día sus hijos tendrían una oportunidad de ganarle a la desnutrición, cientos de miles de ciudadanos que tuvieron acceso a clásicos de la literatura universal con los minilibros de la editorial Quimantú. Vivencias opacadas por el dolor, pequeñas alegrías llenas de sentido silenciadas por la represión, esperanzas y anhelos segados por el golpe militar de los traidores. Cuando escuchas y transmites la vivencia personal de esos tiempos, ves nítidamente que hay muchísimas conversaciones pendientes esperando un tiempo, un espacio para emerger.

El Golpe del 11 de septiembre de 1973 significó un quiebre no solo institucional sistémico de nuestra democracia, sino fundamentalmente el fin de un sueño construido durante décadas por los chilenos, como despertar abruptamente de un estado de ensoñación. Los muertos, los torturados, los detenidos desaparecidos, los exiliados, los exonerados, el toque de queda, los aparatos represivos liderados por otros chilenos son una marca en el alma de este pueblo, que no se borra por decreto, ni por el mero paso del tiempo. El ejercicio de la memoria se hace entonces ineludible, así como el imperativo de la verdad y la justicia. No habrá vuelta de página posible sin resolver la deuda que este país tiene con los familiares de quienes fueron desaparecidos, ni habrá acto simbólico que reemplace a la verdad y la justicia.

Allende comprendió en ese mismo momento el valor de su gesto final, en sus últimas palabras, en su resistencia bajo ataque, en su lealtad para con quienes lo pusieron en el cargo hasta el último momento. No descuidó el mandato del pueblo, lo honró con su muerte, y eso lo instaló para siempre en la memoria de quienes compartieron su sueño, y en la conciencia de quienes vemos como un ejemplo su convicción y coherencia.

Esta mañana, con los jóvenes de La Cisterna, frente a su expresión ante el testimonio directo, su sorpresa ante la emoción y la vivencia, comprendí que lo que se rompió el 11 de septiembre fue la continuidad en el alma de Chile, se hizo un bache en nuestra cultura. Lo increíble es que ese espacio sí se puede llenar, con testimonio, con experiencias, con memoria, y principalmente con voluntad y convicción de contar la historia desde el proyecto, desde la mirada de cambio que Allende encarnó en su tiempo. Hay cientos, miles de jóvenes esperando a escuchar, conocer, participar, opinar, construir su propia visión de este sueño, y tomar en sus manos la responsabilidad de defenderlo y trabajar por él, como antes lo hicieron quienes, como Allende, dieron su vida por cambiar Chile. Honor y gloria, verdad y justicia para ellos.

Por Freddy Seguel, Director Ejecutivo Fundación Participa.

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